¿Cosmovisión antigua en Tiempos Modernos?
El Enfoque Tradicional
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“Porque, en primer lugar, es necesario considerar que incluso para los acontecimientos que necesariamente resultarán, lo inesperado es apto para causar confusión delirante y alegría loca, mientras que el conocimiento previo habitúa y entrena al Alma para atender a los acontecimientos distantes como si estuvieran presentes y la prepara para aceptar cada uno de los acontecimientos que llegan, con paz y tranquilidad.”
(Claudio Ptolomeo, Tetrabiblos, I, 3: 5)
En nuestros tiempos es muy común ubicar a la astrología como instrumento de auto-conocimiento y desarrollo personal. No obstante, tradicionalmente se la reconoce además como Arte Sacro y uno de los vértices fundamentales del corpus de ciencias herméticas, junto a la Alquimia y la Teúrgia (coloquialmente llamada ‘magia astrológica’).
Siendo la astrología uno de los múltiples medios de adivinación conocidos en la antiguedad, no sería justo reducirla meramente a ello. De hecho, en la cosmovisión tradicional, el objetivo primario de la mantiké [arte de la adivinación] no es revelar el futuro, sino unirse con el dios. El conocimiento de los eventos futuros no es más que una consecuencia de esa unión. La finalidad última de la mantiké, según el filósofo neoplatónico Jámblico, es la deificación o divinización del alma, no la adivinación.
Esta noción -del Latín ad-divinus, “ir hacia / la Luz”- puede comprenderse entonces como una vía secundaria de acceso al conocimiento de la voluntad divina, representada por los siete planetas, sus posiciones y sus relaciones geométricas, entre otros símbolos. En esta cosmovisión, las ‘estrellas errantes’ representan simbólicamente los siete Principios que gobiernan todo designio en la Tierra, ejerciendo activamente la administración del orden universal (kosmos).
Desencantados de una praxis simplificada, confusa y usualmente estéril, muchos profesionales contemporáneos están conociendo y readoptado el sistema y cosmovisión tradicionales de la astrología. De mano de una frondosa recuperación, restauración y traducción de textos antiguos que ocupa las últimas décadas del siglo XX, está emergiendo entre los estudiantes un creciente interés en el estudio de la filosofía clásica, tanto con el propósito de comprender la astrología en su dimensión metafísica como de descubrir el paradigma antiguo a través del cual nuestros antepasados develaban los pequeños y grandes misterios del Universo.
Es necesario reconocerlo sin incurrir en maniqueismos: existen cuestiones fundamentales en los que la astrología tradicional difiere de la contemporánea.
En principio, el sistema tradicional implica una profunda dimensión filosófica, simbológica y técnica, más rica y compleja que la moderna; una cosmovisión de base en donde todas las piezas del anánisis astrológico ocupan un rol y un propósito como parte de la Creación. Además, la cosmovisión tradicional no es ni cientificista ni antropocentrista y está basada -entre otras- en ideas de predeterminación, destino y fortuna. Por ello, parte de la naturaleza de la astrología tradicional tiene un carácter inherentemente predictivo, mientras que la moderna es principalmente descriptiva.
No es cierto que la tradición astrológica ignore las dimensiones psicológicas o emocionales de la existencia humana. Por lo contrario, tiende a ser exquisitamente precisa en sus matices, con efectos profundamente terapéuticos para el alma particular.
Por otro lado, la astrología antigua enfatiza el simbolismo de los planetas de acuerdo a sus dignidades esenciales, accidentales, fortaleza y emplazamiento, no tanto en las peculiaridades de los signos. Hoy suele atribuírsele a los signos zodiacales características –per se- con un nivel de relevancia que no existía en la antigüedad.
La premisa general del enfoque tradicional es la idea de que la posición de los astros en el momento en el que algo inicia, describe no sólo su cualidad y carácter, sino también su futuro, su destino, teniendo en cuenta que nada ha sido creado por Dios sin un propósito. Con lo cual, el sabio que conozca el momento y lugar exacto en que algo comienza, podría predecir su devenir. Esto incluye las figuras o cartas natales, por supuesto, un diagrama simbólico del inicio de nuestras vidas terrenales. Aunque es fundamental comprender que no hablamos de un destino absolutamente inamovible, sino que participamos activamente de él con nuestras decisiones, ética y filosofía de vida.
La figura natal (o ‘carta natal’) es en sí misma un mapa filosófico que se interpreta tanto racional como intuitivamente, es decir que implica un arte tanto científico como poético. Los antiguos comprendían la intuición como una forma de pensamiento meta-racional de un valor cognitivo tan relevante como el racional, incluso superior, el verdadero Intelecto o Noesis: un conocimiento inmediato, es decir ‘no-mediado’ por la razón discursiva.
En la descripción del enfoque tradicional astrológico se hace importante que conozcamos algunos detalles básicos de los aspectos religiosos y filosóficos de su cosmovisión en contraste con características generales de algunas praxis modernas:
Durante el período historiográfico en el que se basa la astrología hoy llamada tradicional (esto será especialmente enfático en el período helenístico, desde el s.II a.C. hasta el s.VII d.C., aproximadamente) existieron diversas maneras de concebir el devenir. Algunos sabios vieron en los planetas las mismísimas causas del destino, otros vieron en ellos la indicación de los tiempos, como si fueran manecillas de un reloj cósmico, otros sostuvieron que el destino estaba absolutamente determinado, otros, que podría ser negociable.
De cualquier modo, la astrología servía para prepararse para el destino y anticiparse a ciertos eventos como parte de un entrenamiento filosófico y praxis espiritual. Esta mirada hacía hincapié en cómo uno se comportaría y respondería frente a aquello predeterminado, una noción de destino y predeterminación presente tanto en el hermetismo como en el gnosticismo, que fue clave para la idea de previsibilidad y el surgimiento de una forma de anticipar «cómo será el mundo«, así afrontar también sus experiencias más difíciles y dolorosas.
Filosóficamente, proporcionaba una herramienta para relacionarnos con un mundo que percibimos como caótico, lo que paradójicamente nos ayudaba a ir por la vida de una forma más ordenada y amistosa. Esta visión casi se ha perdido en nuestros tiempos y somos ahora testigos de sus graves consecuencias, aunque afortunadamente se está recuperando de a poco.
En cualquier caso, la poética visión estoica de aceptar y amar el destino, forjando el alma virtuosamente con lo que implique también en un nivel psico-emocional -sin tanto dramatizar ni sentimentalizar- parecería haberse desvanecido en nuestros tiempos y se propone como paradigma todo lo contrario en ciertos entornos.
Aunque hay puntos de vista muy diferentes -desde Crísipo de Soli, padre del estoicismo, un determinista absoluto del cual se dice que murió de risa de un propio chiste- los gnósticos, con su visión del mundo y el cuerpo físico como una oscura prisión, Claudio Ptolomeo y sus admirables esfuerzos por integrar la astrología a las ciencias naturales, o el gran Plotino, pensando en los planetas como ‘signos del futuro’, inherentemente benéficos, que dirá que el cielo no es la Causa sino el indicador, el demarcador, el chronokrator (un Señor de los Tiempos), podemos concluir que esta es una de las grandes diferencias entre la astrología tradicional y la astrología moderna: sus bases filosóficas, su complejidad y búsqueda objetiva, que hacen que tanto el estudiante como el consultante participen de una contundente evidencia: la astrología, además de describir, puede predecir con efectividad la manifestación de ciertos eventos particulares y pronosticar la Fortuna para múltiples tópicos y contextos en los diferentes períodos de nuestras vidas.
Por último es importante subrayar la dimensión ritual y remedial de la astrología tradicional, a través una síntesis ágil: existen inteligencias celestes, entidades metafísicas que intervienen en los acontecimientos terrestres; por ejemplo, notamos las subdivisiones del zodíaco en los 36 decanatos, que responde además de su aplicación calendárica, cada una a su propio “presidente” espiritual para determinados ritos. También como ejemplo, la consideración de la influencia de los planetas y sus horas astrológicas para ejercicios devocionales, oraciones y ritos propiciatorios; o la evocación de ángeles, daimones (espíritus) y fuerzas elementales; y también la selección de mansiones lunares (asterismos) o conjunciones particulares con estrellas fijas en la confección de talismanes, siempre con fines prácticos particulares. Esto convierte, tanto conceptual como prácticamente, a la astrología tradicional en una metafísica aplicada.
En el hermetismo los planetas visibles vienen a ser las manifestaciones físicas de inteligencias superiores que influyen en el mundo sublunar, la esfera en la que vivimos. Esto implica una tradición mística y una praxis espiritual que operaba en la antiguedad además en nuestra organización productiva y la elección de festividades comunitarias.
Por otro lado, la astrología contemporánea, muy a menudo hiper-psicologizada, se ha desconectado por completo de cualquier cosmovisión filosófico-religiosa, que incluía esta comunión directa con el cielo, sus Inteligencias, esferas de dioses, coros de ángeles y la aplicación de prácticas piadosas al servicio del desarrollo de la vida en este mundo, sin perder el factor trascendente de nuestra existencia, lo que auspiciaba una profunda y saludable relación espiritual con el destino y nuestra condición de mortales.
La astrología que practico se basa en el constante recuerdo de nuestro origen divino, la inmortalidad del alma y nuestro propósito de trascender la vida terrenal; reconectarnos con nuestras raíces celestiales para re-sacralizar nuestra estadía en la tierra durante el tiempo que nos toque vivir aquí. Comulgo con la idea de que somos libres para elegir el Bien (o no) y que podemos aprender a negociar -en cierta medida- con el destino y con los dioses, aunque siempre será en un contexto determinado que hay que aprender a aceptar en primera instancia.
En un mundo cada vez más automático y alienante, la astrología nos invita a recuperar una mirada directa del cielo y sus símbolos, puede ayudarnos a recordar nuestra Patria celeste y el orden universal en el que nos movemos, que no estamos aquí para tener o meramente consumir, devolvernos el sentido más profundo y auténtico de estar vivos, el amor fati, pues el conocimiento y la aceptación del propio destino, el abrazarlo en su totalidad, es lo que conduce según los sabios de la antigüedad a la verdadera felicidad.
En sus aspectos prácticos -también perfectamente válidos, pues nos han sido dados por los dioses- la astrología también puede asistirnos en situaciones de dificultad o ante la toma de decisiones importantes, sea en el trabajo, relaciones familiares, la organización financiera, etc.; nos permite estipular períodos y plazos particulares más o menos afortunados para adaptarnos a ellos sabiamente y ayudarnos a idear estrategias y válvulas alternativas de solución a ciertos problemas que no podríamos siquiera notar a través de otros medios.
Por ello, y por sobre todas las cosas, la astrología nos permite descartar lo imposible y prever lo inevitable, así -como suguiere Claudio Ptolomeo en la cita inicial – pacificar al Alma y ejercitar un justo agradecimiento por lo que nos es dado día a día.
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